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miércoles, 9 de diciembre de 2009

El niño que no quiere comer

Verónica Marín B.1,2, Carlos Castillo D.1,3

Pregunta: ¿Cómo enfrenta el pediatra a un niño que no quiere comer?

Respuesta. Al evaluar un niño que no quiere comer, en ausencia de enfermedad orgánica evidente, es necesario aclarar si el niño no come cantidades adecuadas en relación a las recomendaciones para edad, sexo y actividad física, o no come "todo lo que la madre o persona al cuidado del niño quiere que coma", o si es un rechazo selectivo, si está asociado a retraso de crecimiento o a signos de desnutrición. En el caso del menor de 6 meses se debe pensar primero en patología orgánica por la corta edad.
Como segundo paso debe evaluarse las causas que llevaron a un trastorno de la conducta alimentaría, las que son complejas y pueden estar relacionadas con numerosos estímulos tanto internos como externos, siendo estos últimos generalmente los más relevantes.
Hay en primer lugar un factor cultural en juego: la madre es considerada exitosa en cuanto tiene un hijo que desarrolla al máximo sus potencialidades, incluyendo el crecimiento, mediado esto por una autoexigencia materna y del ambiente. Además, ante toda una historia de riesgos de desnutrición y enfermedad, el ambiente social y familiar exige que el niño esté lo más "gordo posible". De modo que la necesidad de la madre de responder a estas expectativas producen un estado de ansiedad que puede determinar una relación madre hijo inadecuada.
Los desórdenes en el comer son además un lenguaje alternativo del niño, de expresar lo que siente. Cuando los niños son pequeños, los padres ayudan a aprender cómo expresar sus emociones, pero con mucha frecuencia esto no ocurre, y más aún, hay padres que expresan sus propias emociones por medio de la alimentación, usándolas para premiar o castigar a sus hijos, los cuales a su vez aprenden esta conducta y la usan para manejar a sus padres.
Entre los problemas orgánicos que pueden llevar a un trastorno de la conducta alimentaria hay muchos que presentan una evidente relación causa efecto, como daño neurológico, labio leporino, malformaciones congénitas cardíacas acompañadas de insuficiencia cardíaca, etc.; sin embargo, hay otras en que esta relación no está tan clara, como el reflujo gastroesofágico, donde la esofagitis secundaria puede llevar a rechazo alimentario con manifestaciones de dolor; con todo, la mayoría de los reflujos no presentan esofagitis marcada y no todos los casos de reflujo con esofagitis se acompañan de rechazo alimentario. Pero si al trastorno alimentario se suman otros síntomas o signos sugerentes de patología, esta se debe descartar.
Por otro lado tenemos cambios fisiopatológicos relacionados con la respuesta de estrés frente a enfermedades que estimulan la producción de citoquinas y respuesta neuroendocrina, siendo la anorexia uno de los efectos clásicos, por lo que es esperaba que el niño no coma durante la enfermedad.

El rol de la madre en el desarrollo de una conducta alimentarla adecuada es muy importante, el cual puede ser compartido por otras personas como abuelos, hermanos, servicio doméstico y personal de jardines infantiles. Por lo tanto, al evaluar posibles alteraciones de la relación madre hijo, esta debe efectuarse en toda esta dimensión. Los trastornos alimentarios pueden ser secundarios a un manejo inadecuado por parte de ella, a veces desde la época de lactancia, pero más frecuentemente se da durante las etapas psicológicas del niño de separación o individualización, desde los 6 meses a los 3 años de edad. En esta etapa el niño debe ir adquiriendo una progresiva independencia en su alimentación, proceso que a veces la madre no está muy dispuesta a aceptar, generando con ello tensiones con el niño y rechazo alimentario. En la evaluación del rol materno es necesario indagar si hay trastornos serios de la personalidad (depresiones, personalidades caóticas) o familiares (violencia intrafamiliar, dificultades conyugales).

Si se concluye que se trata de un trastorno de la conducta alimentaria sin causa orgánica y sin compromiso nutricional severo, se sugieren como primeras medidas tranquilizar y educar a la madre y entorno familiar, aclarando que el niño no está desnutrido y el manejo debe ser enfocado fundamentalmente a reeducar hábitos de alimentación que se han alterado, para lo cual se debe, de acuerdo con la edad del paciente, ordenar horarios de alimentación y evitar colaciones, separar comidas entre 4 a 6 horas, de manera que permitan que el niño sienta deseos de comer antes de la próxima comida. Se debe igualmente separar el juego de la comida, ya que si para que el niño coma se "hace una fiesta" y esta es mejor mientras peor come el niño, se reforzará positivamente el no comer. La alimentación se debe ofrecer en un ambiente relajado, sin otros estímulos, permitiendo que el niño coma la cantidad deseada. El control antropométrico y de refuerzo de indicaciones debe ser periódico.

Uno de los enfoques más frecuentes frente a un niño que no come es solicitar exámenes de laboratorio, entre los que se incluye frecuentemente hemograma, examen de orina y parasitológico seriado de deposiciones.
En ausencia de elementos anamnésticos o del examen físico orientadores de enfermedad es de muy poco valor el hemograma. La deficiencia de hierro no se conoce que tenga relación con alteración del apetito. Los parásitos podrían tener asociación con anorexia asociado a pérdidas de nutrientes que son plenamente detestables clínicamente (diarrea aguda o crónica) y que en forma concomitante llevan a un compromiso del estado nutritivo. Los parásitos más frecuentemente encontrados en la población pediátrica chilena, la Giardia lamblia, los oxyuros, los áscaris y las amebas, son agentes poco probables causantes de anorexia, en ausencia de diarrea o compromiso sistémico. Por lo tanto no existen exámenes de laboratorio de rutina y solo se solicitarán si de la evaluación epidemiológica local, edad del paciente, o de la clínica (anamnesis o examen físico) se sospecha patología de base del niño, o si en la encuesta nutricional se presume deficiencia de nutrientes específicos.

En relación al tratamiento con medicamentos, en términos generales no deben indicarse. Su uso tiene poco fundamento y podrían tener justificación como una última herramienta, con efecto placebo no bien evaluado hasta ahora. Los más usados en nuestro país son la ciproheptadina, de estructura semejante a los antagonistas fenotiazínicos H1; tiene acciones anticolinérgicas y depresoras del sistema nervioso central leves, y un efecto no uniforme sobre el crecimiento y la ganancia de peso. Muchos estudios no han mostrado los efectos deseados.
El dihexazin es otro fármaco usado como estimulante del apetito, a veces con efectos favorables, pero hay escasa información farmacológica sobre sus mecanismos de acción y potenciales efectos adversos.

La carnitina es parte de diversos preparados medicamentosos estimulantes del apetito. Este aminoácido normalmente no es indispensable para el ser humano, pues es sintetizado por el organismo, a lo que se suman los aportes dietarios proporcionados por la ingestión de proteínas de origen animal. Se ha descrito una deficiencia primaria de carnitina de causa genética que lleva desde los primeros meses de vida a una miocardiopatía dilatada, además de otros signos sistémicos. También puede haber deficiencias secundarias de carnitina asociadas a alimentaciones parenterales prolongadas, alimentación con fórmulas de soya o hidrolizados de caseína no fortificadas, enfermedades renales (p.e.: síndrome de Fanconi), en algunas aminoacidopatías, enfermedad renal crónica sometida a hemodiálisis. No hay causas aisladas de deficiencia de carnitina que no estén asociadas a estos mecanismos y que justifiquen así su uso como estimulante del apetito. Tradicionalmente se ha usado vitaminas como estimulantes del apetito, basados en percepciones de los tiempos en que la desnutrición grave era de gran prevalencia y en que sumado al mayor aporte de macronutrientes para la recuperación nutricional, se aportaban vitaminas y minerales. Se ha estudiado el efecto de la mayoría de las vitaminas sobre el apetito. No hay evidencias de un efecto favorable sobre él de las vitaminas A, D, K, E, C, folato, riboflavina, B6, B12; existe una asociación con desnutrición del déficit severo de piridoxina (beri-beri) y también una asociación con anorexia del déficit severo de ácido nicotínico pelagra).

Nuestra realidad actual es de un mínimo riesgo de deficiencia nutricional de vitaminas, a menos que se trate de enfermedades con malabsorción, pérdidas aumentadas de vitaminas (p.e.: síndromes de malabsorción), o requerimientos aumentados (p.e.: prematurez).
Los preparados comerciales con atribuciones de tener efecto sobre el apetito, frecuentemente contienen también minerales. No hay tampoco evidencias sobre un efecto del calcio, fósforo o magnesio en la conducta alimentaría. De los oligoelementos, en los innumerables estudios efectuados sobre nutrición de hierro y sus efectos clínicos, no se ha podido demostrar una relación con crecimiento o con estímulo del apetito. Respecto del cobre, existe una relación con estímulo del crecimiento al suplementar con este a lactantes pequeños y desnutridos, con déficit nutricional de cobre. El zinc es uno de los pocos nutrientes específicos respecto del cual hay antecedentes suficientes para relacionarlo con alteración de la conducta alimentaria. No obstante, ese efecto está asociado a deficiencia de zinc, sin haberse demostrado que haya un efecto en personas con buen estado nutricional de zinc. En nuestra práctica clínica actual, la deficiencia de zinc es de tipo leve, observándose en estratos socioeconómicos pobres, asociado a una alimentación basada en leche de vaca entera y alimentos sólidos con bajo contenido (y mala calidad) de carnes, pescados, mariscos y semillas (almendras, avellanas, nueces). También es posible sospechar deficiencia de zinc asociado a enfermedades con aumento de su excreción: cuadros malabsortivos y diálisis crónica.

En resumen, el trastorno de la conducta alimentaria es un motivo de consulta médica frecuente, que si no se acompaña de signos clínicos de enfermedad, la mayoría tiene su causa en dificultades en la relación madre hijo. Ofrecer pautas de manejo individualizadas, que permitan reeducar tanto a la familia como al niño, en relación a la conducta frente a la alimentación, debe ser la primera medida a efectuar por el pediatra. Si este manejo no da resultados positivos, se debe pedir la intervención de un psicólogo o psiquiatra, según corresponda. En ausencia de signos clínicos de enfermedad, los exámenes de laboratorio en general no aportan mayor claridad en el manejo de este problema.

1. Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), Universidad de Chile.2. Departamento de Pediatría, Facultad de Medicina, Campus Occidente.3. Departamento de Pediatría, Facultad de Medicina, Campus Centro.
REFERENCIAS
1. Castillo CD, Acharán X, Alvarez P, Bustos PM: Apetito y nutrición. Rev Chil Pediatr 1990; 61: 346-53. [ Links ]
2. Black MM, Dubowitz H, Hutcheson J, Berenson-Howard J, Starr RH Jr: A randomized clinical trial of home intervention for children with failure to thrive. Pediatrics 1995; 95: 807-14. [ Links ]
3. Ramsay M, Gisel EG, Boutry M: Non-organic failure to thrive: Growth failure secondary to feeding-skills disorder. Develop Med Child Neurol 1993; 35: 285-97. [ Links ]
4. Chatoor I, Schaeffer S, Dickson L, Egan J, Conners K, Leong N: Pediatric assessment of non-organic failure to drive. Pediatr Ann 1984; 13: 844-8. [ Links ]
5. Stiel JN, Liddle GW, Lacy WW: Studies in the mechanism of cyproheptadine induced weight gain in human subjects. Metabolism 1970; 19: 1041-2. [ Links ]
6. Burrows R, Muzzo S: Efecto de la estipulación del apetito en la recuperación ponderal de niños con desnutrición calórico-proteica. Rev Chil Pediatr 1981: 52: 187-93. [ Links ]

FUENTE: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0370-41062000000200010&script=sci_arttext

Niño con “falsa inapetencia”

• Controlar qué come a deshora: reducir el consumo de golosinas y controlar la ingesta de zumos o leche.
• Cumplir con las cuatro comidas principales diarias (desayuno, comida, cena y almuerzo o merienda)
• La atmósfera a la hora de comer así como el comportamiento de cada uno de los miembros de la familia en la mesa puede estimular al niño a imitarlos y de esta manera a comer de forma correcta. Se debe evitar compaginar la comida con otras actividades (TV, radio, juegos…)
• Permanecer en la mesa durante el tiempo que dure la comida.
• Comer el menú según el orden de su presentación.
• Tener en cuenta las preferencias del niño y cuidar la presentación de los platos. Un plato decorado con gusto, raciones individuales, platos sorpresa, explicar un cuento, excitan más el apetito que la monotonía de una comida que se repite cada semana.
• Probar con alimentos nuevos a pequeñas dosis, negociar una cantidad mínima, y aunque algunos sean rechazados, no ceder a los caprichos.
• Debido a su menor capacidad y a su apetito variable, responden mejor a porciones pequeñas de alimentos ofrecidas varias veces al día.
• Cuando el niño adopta una conducta inadecuada a la hora de comer, no se deberá manifestar con gritos, enfado o castigos. Se retira el plato una vez finalizado el tiempo acordado y se le presenta en la próxima comida. No tiene sentido "chantajear", "comprar" o "castigar" al niño para conseguir que coma. Los niños que comen menos en una comida lo suelen compensar comiendo más en la siguiente.
• Los niños pueden estar cansados o excitados como consecuencia de los juegos y por lo tanto no tener sensación de hambre ni deseos de comer. Cuando la falta de apetito es consecuencia de una enfermedad, la inapetencia aparece de forma brusca y se relaciona con todo tipo de alimentos, no siendo un rechazo selectivo o concreto de un alimento determinado de la dieta. En este caso, se pueden seguir las siguientes pautas dietéticas.
• Fraccionar las comidas en varias tomas de menor volumen.
• Ofrecer líquidos entre horas, no durante las principales comidas para no disminuir el apetito del niño.
• Enriquecer los platos para que estos sean más nutritivos: añadiendo leche en polvo al vaso de leche, quesitos o clara de huevo en el puré, galletas en el batido de frutas… En la mayoría de los casos, el rechazo a alimentos concretos suele ser transitorio y con los años, los más pequeños vuelven a introducirlos en la dieta diaria.

Fuente: http://trabajoyalimentacion.consumer.es/documentos/1-3/imprimir.php


Personalmente aun no he encontrado solución para "temporadas con bajo apetito",
pero si estos datos le sirven, maravilloso.

jueves, 29 de enero de 2009

Problemas a la hora de comer VI

Los niños inapetentes
Cuando un niño rechaza la comida, la preocupación más difundida es la relacionada con su salud. En realidad, es preciso distinguir entre la auténtica inapetencia y las simples y normales situaciones pasajeras, ante las que no se debe dramatizar para evitar el riesgo de "cargarlas" de una ansiedad excesiva, que podría crear problemas.Si tu hijo come poco y de mala gana, y tienes miedo de que no se desarrolle con normalidad, lo primero que tienes que hacer es consultar al pediatra, quien establecerá si tu hijo está creciendo adecuadamente de acuerdo con su edad.

La mayoría de las veces, los miedos de las nuevas madres relacionados con la alimentación de sus hijos han de reconsiderarse por varios motivos:
Es normal que el pequeño, alrededor del año y medio de edad, experimente una disminución del apetito debida a causas fisiológicas. El cuerpo del niño se haya en una fase de crecimiento vertiginoso entre los 0 y los 12 meses, mientras que de los 12 a los 24 meses tiende a estabilizarse.Como norma, el organismo humano, especialmente el de los niños, es capaz de autorregularse en la elección de los alimentos, para garantizarse el aporte calórico diario adecuado.
Muchos alimentos, dado que poseen un valor nutricional similar, son sustituibles entre ellos, por lo que los casos reales de carencias alimenticias graves son muy raros. Normalmente, los niños que no comen rechazan algunos alimentos y prefieren otros.Por otra parte, entre los 12 y los 18 meses, la dentición puede provocar molestias e inflamaciones. En consecuencia, es normal que el niño coma menos, simplemente porque la masticación le provoca un cierto sufrimiento. En este caso, puedes ayudar a tu hijo proponiéndole alimentos más fáciles de masticar hasta que supere la crisis.
Durante la comida, intenta evitar cualquier tipo de distracción (como poner la televisión).Resulta fundamental que tu hijo "viva" el momento de la comida en un clima sereno y no forzado. Esto no quiere decir que siempre debamos ofrecerle sus alimentos preferidos, sino que, en el caso de un rechazo, ha de tenerse la paciencia de alternar el alimento con otro plato, volviendo a proponer el plato descartado al cabo de unos días cocinado de otra manera. Los gustos de los niños cambian con facilidad.
Una estratagema consiste en presentar al pequeño, al comienzo de la comida o de la cena, lo que pretendemos que coma y que normalmente rechaza. El apetito podría animarlo a "conformarse" con lo que hay.Si los remilgos se concentran en las verduras, intenta darle las más dulces (zanahoria, patatas, espinacas), variando más adelante el tipo y la forma de prepararlas. Para acostumbrar al pequeño al sabor nuevo de las verduras, sobre todo las primeras veces, podría resultar útil preparar una salsa de zanahorias y de tomate. El color seguirá siendo rojo, pero de forma inconsciente el niño degustará, sin cambios drásticos, nuevos sabores.

http://www.aquimama.com/articoli/317.asp

Problemas a la hora de comer VI

¿ Porqué mi niño no quiere comer?

Dr. Meyer Magarici
Entendiendo el problema:
Este es el motivo más frecuente por el que se consulta a los pediatras. Es poco probable que exista una madre que en algún momento de la crianza de su niño, no se haya preocupado por la cantidad de alimentos que ingiere su niño. La disminución (o pérdida) del apetito les causa angustia, pues piensan que su niño puede desnutrirse o que enfermará por no comer como lo hacía anteriormente, sin embargo, el hecho que un niño no se coma todo el plato no significa que enfermará, ni tampoco que el esfuerzo realizado para prepararlo no le será reconocido algún día. Es posible que simplemente no le guste o que disfrute llevándole la contraria, para luego complacerse con los juegos que la madre inventará para que coma.
Pero antes de obligar a niños "gorditos" o a los "delgados pero sanos" a beber un estimulante del apetito que, aunque no le hará daño, no resolverá el problema, resulta importante conocer los motivos por los cuales los niños disminuyen su apetito o rechazan los alimentos.

Estas causas son básicamente las siguientes:
· No necesitan más alimentos· No les interesan los alimentos· Problemas psicológicos· Enfermedades


1) No necesitan más alimentos:
"Aunque son los padres los que mejor pueden juzgar qué y cuándo deben comer sus niños, los que mejor saben cuánto deben comer son ellos mismos".
a. Proporcionalmente a su peso, los niños demandan más calorías que los adultos para sus actividades diarias y para su crecimiento, pero a medida que crecen requerirán menos calorías. Por ejemplo: un bebé menor de 2 años necesita cerca de 100 calorías por cada kilo de peso por día, en cambio un niño mayor de 7 años solo 75 y un adolescente cerca de 50 calorías por kilo por día. En vista que las medidas de los niños son menores que la de los adultos, la cantidad total de calorías diarias que requieren será mucho menor que la de los adultos. En pocas palabras: necesitan menos calorías que un adulto para movilizar un cuerpecito más pequeño, por lo que las cantidades de alimento que deben consumir serán mucho menores que las de un adulto.
b. Tradicionalmente en muchas culturas, incluyendo la nuestra, se venía considerando que "un niño gordo es un niño sano", concepto que probablemente se origina de la idea: "no estar desnutrido significa salud y defensa contra las enfermedades". Sin embargo, existen muchos niños que son genéticamente delgados y de poco apetito que por otra parte son muy sanos y activos. Sus requerimientos calóricos son constitucionalmente menores que los de otros niños.
c. Los niños que consumen pocas calorías, debido a que realizan pocas actividades, como por ejemplo cuando se mantienen encerrados en casa viendo televisión o jugando videojuegos, tienen escaso apetito pues sus requerimientos también lo son.
d. El estómago de los niños es más pequeño que el de los adultos y por ello las porciones para adultos pueden ser demasiado grandes para ellos.
e. Algunos niños pierden el apetito simplemente porque están sobrealimentados. Reciben enormes cantidades de alimentos que cubren o sobrepasan sus requerimientos nutricionales diarios, por lo que desprecian los otros alimentos que les ofrecen, debido a que es imposible agregar mayores volúmenes a una dieta que ya los tiene de sobra
f. A partir del primer año de edad, ocurre una desaceleración del crecimiento que se acompaña de una disminución fisiológica del apetito.
g. Las comidas fuera del horario acostumbrado, en especial las golosinas o "chucherías" incorporan calorías adicionales que aumentan sus niveles de energía y disminuyen notablemente su apetito. Cuando reciben estos alimentos antes de una de las comidas principales, no ingerirán las cantidades acostumbradas. Esto resulta particularmente cierto en los casos en los que las madres, preocupadas porque sus niños no comen lo que ellas consideran necesario, terminan ofreciéndoles "bocadillos" con la intención de evitar la desnutrición, pero lo que realmente logran es disminuir más aún su apetito.

2) No les interesan los alimentos:
a. Los niños, al igual que muchos adultos, requieren ciertas normas de disciplina y conducta. Los cambios frecuentes en los horarios o lugares donde se alimenta un niño pueden alterar sus costumbres, haciéndolo perder el interés por los alimentos.
b. La mayoría de los niños están más interesados en jugar y explorar que en comer. Para ellos la hora de la comida solo constituye una "perdida de tiempo". Por otra parte, sus lapsos de atención son menores que los de los adultos y están interesados en cosas diferentes. Por esto podemos afirmar que simplemente están interesados en cualquier cosa excepto la comida.
c. Muchos niños presentan "manías en el comer". Solo aceptan el mismo alimento, comida tras comida. Estas manías son causadas por madres que prestan demasiada atención a la alimentación de sus niños. Ante el primer rechazo de su niño por determinado alimento y por temor a no verlo pasar hambre o que se desnutra, corren a prepararle sus comidas preferidas, con lo que solo acentúan su comportamiento: el niño llorará y rechazará cada nuevo alimento, sabiendo que mientras más llore y más se resista a comerlo, más rápidamente le prepararán su plato preferido y mientras más caso se le preste., más insistirá en comer sólo ciertos alimentos.

3) Problemas psicológicos:
a. Los seres humanos comemos para alimentarnos, no para complacer a nuestras madres. Muchas madres necesitan que sus niños engorden con la intención de obtener seguridad, reconocimiento a sus labores, agradecimiento y gratificación. La negativa del niño a comer no significa que rechace a la madre. En estos casos el problema básico es de tipo emocional: la ansiedad de la madre, que se traduce por procedimientos que inventa para lograr que su niño se alimente, tales como: súplicas o amenazas, juegos y distracciones, sobornos, fuerza o violencia, a los que el niño reaccionará con mayor perdida del interés por la comida. Por otra parte, su natural reacción será oponerse a la autoridad materna y buscará recursos para controlar el ambiente familiar, llamando más aún la atención por medio de su aparente pérdida del apetito.
b. Muchos casos de pérdida o disminución del apetito obedecen al recuerdo de eventos desagradables relacionados con el momento de la alimentación. Algunas madres cometen con cierta frecuencia el error de obligar a comer a su niño en el curso de una enfermedad aguda que cursa con pérdida del apetito. Estos eventos desagradables serán recordados por el niño, quien reaccionará con desinterés o rechazo por los alimentos.
c. Las niñeras o sirvientas que en muchos casos deben ocuparse de la alimentación infantil, generalmente son personas de muy bajo nivel intelectual, víctimas de una infancia sufrida, quienes trasladan sus conflictos y frustraciones al niño bajo su cuidado. Estas personas fuerzan la alimentación del niño de acuerdo a los deseos de la patrona, lo que puede originar rechazo a los alimentos, a la niñera e incluso a la madre.

4) Porque están enfermos:
Prácticamente TODAS las enfermedades producen, además de sus síntomas característicos, una verdadera inapetencia o inapetencia de origen orgánico. Determinadas afecciones producen particularmente una marcada pérdida del apetito, como por ejemplo: las infecciones agudas, la anemia por deficiencia de hierro y muchos trastornos renales.
Esta inapetencia puede observarse desde antes que se inicien los síntomas de la enfermedad (período de incubación), durante el período sintomático y puede persistir hasta un tiempo después que los síntomas hayan desaparecido (período de convalecencia).
Tomando en cuenta que en los primeros años de vida los niños se enferman repetitivamente, llegando a veces a sufrir hasta unas 6 infecciones por año, y que los períodos de incubación, sintomático y de convalecencia pueden persistir hasta por unos 20 días, se podrá entender porqué algunos niños se mantienen con poco apetito durante casi todo el año.

El temor a las enfermedades, y a sus posibles complicaciones o secuelas, hace pensar a todas las madres que la pérdida del apetito de su niño se debe siempre a una enfermedad, que amerita consultar al médico y practicar exámenes complementarios, pero lo usual es que la inapetencia sea causada por los factores mencionados anteriormente, por lo que resultaría simplista y hasta peligroso atribuir la inapetencia siempre a alguna enfermedad.

http://www.tupediatra.com/temas/tema152.htm

A la hora de comer V

Inapetencia: el niño que no quiere comer
La pérdida de apetito en un niño pequeño se vive, muchas veces, como una amenaza para su salud. Cuando un niño está enfermo, es normal que pierda las ganas de comer, sin embargo nos referiremos aquí a la situación en la que la inapetencia es el problema principal, en un niño, por lo demás, sano.

¿Por qué no come un niño?
El acto de comer es una conducta que pretende cubrir tanto necesidades nutricionales como afectivas. Cuando un niño deja de comer, puede estar reflejando algunas dificultades de adaptación en su vida cotidiana. Un niño pequeño no sabe convencernos con sus palabras cuando quiere conseguir algo importante, como lo es para él, nuestra atención. Un buen “argumento” para captar nuestro interés puede ser, simplemente, no comer. Entre los 2 y los 6 años la mayor parte de los niños pasan por más de un episodio de inapetencia que se resuelven de forma espontánea sin originar ningún problema (salvo a sus padres).
Cuando esta situación se plantea, los padres se enfrentan a algunos miedos muy arraigados culturalmente, especialmente si es el primer hijo: “Si no come todo el plato, no se alimenta bien”, “no come todo lo que debe”, ”si no come, se morirá”, “si no fuera por mi insistencia, ya estaría enfermo por no comer”...

Un niño sano al que se le ofrece regularmente una comida adecuada, no se alimenta mal, aunque tome muy poca cantidad e incluso algún día casi no coma nada. Se le debe ofrecer una dieta variada y completa, y según las edades, las raciones serán de mayor o menor tamaño.

¿Cómo podemos valorar si la alimentación es adecuada? Por ejemplo, apuntando lo que come durante una semana; con este registro se puede estimar muy bien la diversidad de la dieta. El mismo sistema se puede emplear cuando queramos ampliar la variedad de su dieta.
Si no come, no sirve de mucho insistir o castigarle, es mejor emplear una actitud más neutra, quitándole importancia al hecho de no comer. De la misma forma, tampoco se le debe premiar el que coma, pues le haríamos entender que cuando come nos hace un favor y estamos favoreciendo la manipulación (el niño premiará a sus padres comiendo y los castigará negándose a abrir la boca, si ellos se lo piden).

Con frecuencia, los padres se extrañan de que su hijo coma bien, incluso alimentos que en su casa no prueba, cuando quien le da de comer no es la persona habitual o cuando lo hace en el comedor de la guardería o el colegio. En realidad, este hecho no refleja más que el problema de relación con la comida que se ha establecido en la familia y que es una cuestión de hábitos que se pueden mejorar.
Hay que tener presente que no es raro que un niño que durante los primeros años fue inapetente, con el paso de los años sea un adolescente obeso.

¿Cómo ayudarle a comer mejor?
Proponga un menú escrito para toda la semana. Este menú, si el niño tiene más de dos años, será el mismo que el resto de la familia. El escribirlo evitará que se hagan cambios para adaptarse más a sus gustos, en el caso de que no quiera comérselo.
Los niños se sienten mejor si se respetan sus rutinas. Les ayuda a centrarse el comer siempre en los mismos lugares. Si una vez come en la cocina, otra en el salón y al día siguiente en casa de la abuela, se distrae mucho.
Para comer es mejor no distraerlo, por eso la televisión no debe ser su compañero habitual en la comida. Si durante ese momento proliferan los juegos, cuentos o disfraces, tenderá a prolongarlo para que dure más la “función”. Nosotros mismos le estaremos apartando del objetivo de ese momento del día, que es comer.

Hay que limitarles el tiempo. Los niños pequeños no suelen tener buenas referencias del tiempo que emplean en hacer algo. Para ayudarles se les puede poner un cronómetro de cocina, de los que se emplean para controlar el tiempo de cocción de los alimentos. Un niño come “sin agobios” en 30 minutos, si se le marca ese tiempo en el reloj de cocina, cuenta con un modo de guiarse. Por supuesto que si necesitan un poco de tiempo más, se debe ser flexible, pero han de contar con la referencia de que existe un tiempo límite para lo que hacen.

Cuando le propongamos un menú, no tiene por qué aceptarlo. Pero si no quiere comer, no le debemos ofrecer un plato alternativo. Si el niño tiene una actitud de rechazo hacia el alimento, el que coma no dependerá de que le ofrezcamos muchos platos distintos, los acabará rechazando todos. Le ofreceremos una sola comida y si no quiere, pues no pasa nada. Se queda sin comer y no se le da otro plato distinto, pero sin dramas ni castigos. A un niño sano no le pasa nada si no le insistimos, ni le reñimos por no comer. Nuestro papel es ofrecerles de comer, no conseguir que coma todo lo que se le pone por delante. Si insistimos mucho, le incentivamos a que no coma (busca estar más tiempo con nosotros, aunque se le riña; la comida o mejor dicho el no comer, se convierte en el medio para captar nuestra atención). Para conseguir que tome un alimento nuevo, haremos lo mismo: sólo se lo ofreceremos, sin una mayor insistencia por nuestra parte. Probablemente las primeras veces lo rechace, pero cuando el plato se repite, si no se le ha forzado antes, suele aceptarlo. Démosle tiempo, pero no otro alimento alternativo. Casi todo el mundo tiene alguna comida que le gusta menos, eso se le debe respetar, pero sin afectar a grupos completos de alimentos (que “no quiero ninguna verdura”). Será mucho mas fácil lograr que tenga una dieta equilibrada si el niño está acostumbrado a ver a los adultos de la casa tomar esos mismos alimentos. Si nunca ve a sus padres tomar verduras pensará, de modo más o menos consciente, que deben tener “algo malo”, porque si no, sus padres las comerían.
No forzar es la clave para conseguir que los niños no vayan a la comida como a una batalla, pero para poder ayudarles es necesario también enseñarles a comer. Esto se consigue en gran parte por imitación y evitando que ellos seleccionen las comidas, eligiendo siempre las mismas. (“Hoy hay lentejas, si quieres las tomas y si no... las dejas” :-)

¿Cuál es el papel de los medicamentos para aumentar las ganas de comer?
Existen un medicamentos conocidos como antihistamínicos que, entre otros efectos, provocan habitualmente un aumento del apetito en quien los toma. Este efecto es temporal y disminuye con el uso y el paso de los días. Estos fármacos, al mismo tiempo que pueden aumentar transitoriamente el apetito, dan lugar casi siempre a somnolencia. Salvo en casos muy concretos, no es muy recomendable su uso. La solución a largo plazo debe centrarse en la reeducación de la conducta de la familia (cambiar los hábitos del niño, los padres ...y abuelos) ante la comida y la aceptación por los padres de la situación, sin considerarla una enfermedad que requiera de tratamiento con jarabes o pastillas. Simplemente su hijo es un inapetente, pero no un enfermo.

¿Cuándo consultar?
Si tiene dudas sobre el estado físico de su hijo o si aprecia síntomas como diarrea, vómitos o un dolor persistente, en relación con su pérdida de apetito. El pediatra de su hijo será quien le ayude a establecer la mejor forma de resolver la situación.

Recomendación final.
Aprendamos a sobrellevar con paciencia el “suplicio” de criar a un niño que no-me-come y veámoslo por el lado positivo: si no gasta en comida y está sano... nos sale más barato :-)

http://www.aepap.org/faqpad/faqpad-nomecome.htm

miércoles, 14 de enero de 2009

A la hora de comer IV

DEJA QUE TU NIÑO COMA LO QUE QUIERA
No hay nada más difícil que lidiar con un niño que no quiere comer ¿Qué sólo quiere pastas, milanesas de pollo o papitas fritas? ¡Deja que lo haga a su modo! Nuevas tendencias nutricionistas europeas proponen revolucionarias pautas de alimentación que riñen con viejos criterios
Equipo Editorial de Mis Niños y Yo
.Jóvenes europeos especialistas en nutrición proponen revolucionarias pautas de alimentación para los niños, basadas no sólo en la idea de que, si bien es verdad que el organismo necesita de un menú balanceado para mantenerse saludable, no es menos cierto que el acto de comer debe ser agradable y no frustrante. Compartimos contigo estas novedosas propuestas, no sin antes cumplir con el sagrado precepto de advertirte que antes de seguir al pie de la letra sus recomendaciones, debes consultar con el pediatra. Él es quien, en definitiva, tiene la última palabra.
Frituras
No es necesario que los niños se priven de este delicioso alimento. Se puede consumir frituras una o dos veces por semana, no más, porque son verdaderas succionadoras de aceite. Prohibirle las frituras crea en el niño una frustración inútil. Si se le reprime en este sentido, termina por tener una fijación por el alimento y se atormentará. Si, en cambio, las consume regularmente, se evita este peligro. En lo que respecta a la comida rápida , elige la fritura mediana antes que la grande, que nunca termina... muerdes y muerdes y parece no acabarse.
Las pastas y el arroz
Este es, sin duda, el dúo ganador para los niños de entre cuatro y ocho años ¿Tus hijos piden pastas y arroz todos los días? ¡Pues que los coman todos los días! Una cucharada de mantequilla, queso rallado (en este caso suprima los lácteos en el postre) y pulpa de tomate (preferibles a las salsas cocinadas) son buenos acompañantes. La mantequilla aporta calcio y vitamina A, la pulpa de tomate vitaminas y fibras y el queso, calcio y proteínas.
Carne molida
¿Fracasa todo intento por hacer que tu hijo coma otra cosa? No tiene ninguna importancia. La carne de res -molida o no-, posee excelentes cualidades. Si tu hijo tiene más de cinco años dale carne calculando alrededor de 100 gramos por comida y, si es de menor edad, 80 gramos serán suficientes. Si por el contrario, él se niega a tragar siquiera un trozo de carne roja, reemplázalo por pollo, pescado o huevos.
Las hamburguesas
Esta es una palabra que resuena dolorosamente en los oídos maternos... Afortunadamente, "las mejores están en los sitios de comida rápida", dicen los niños. Podemos, por tanto, limitar los daños, pero cuando decidimos ir ¡vamos! Debemos aprovechar para no salir de ese lugar feliz (para los pequeños) con una frustración en el estómago. Deja que el niño escoja lo que le plazca, en cantidades razonables, y no regreses a ese lugar -u otro similar- antes de quince días.
Pizzas
La pizza, desde el punto de vista de esta nueva tendencia nutricionista europea, es casi perfecta: la masa es una verdadera fuente de energía para el día y se le puede poner todo lo que se quiera encima, incluidos vegetales (una buena forma de lograr que los niños los ingieran), carne, huevos, queso. En síntesis, este es un almuerzo completo sobre pan una o dos veces por semana que no acarrea ningún problema, sobretodo si termina con una fruta a modo de postre.
Milanesas de pollo y nugets
A todos los niños les encantan ¿Sólo comen pollo en esta forma?... No importa, cede ante ese "caprichito". Ten en cuenta, sin embargo, que la cubierta del pollo es una esponja para aceite. A fin de reducir los daños, para cocer el pollo utiliza una sartén de teflón apenas engrasada de aceite. Si tienes algo de tiempo, prepara un empanizado casero: clara de huevo batida mezclada con pan rallado.
Charcutería
Si las tienes, deja atrás esas anticuadas ideas acerca de que la charcutería, tiene más grasa que la carne. Son varios los estudios que demuestran que, en cualquiera de sus presentaciones, contiene cerca de 50% de ácidos grasos monoinsaturados necesarios para los niños y por tanto puedes darles jamón, salchichón y salchichas. Procura en todo caso que los productos que consuman sean de marca reconocida. Debes saber que un sandwich con pan y cualquiera de estos productos de charcutería constituye una comida equilibrada, si está acompañado de un lácteo y una fruta.
Los huevos
La mayoría de los niños adora los huevos, aunque casi siempre bajo los formatos "duro" o "tibio" (pasado por agua). Al contrario de las ideas comúnmente aceptadas, pueden comer la cantidad que quieran. No hay riesgo de que sufran crisis de hígado, lo cual sólo existe en la tradición de nuestras abuelas. Evidentemente, no se trata de darles huevos en todas las comidas, pero un niño puede consumir hasta seis huevos por semana sin problema. La única precaución a tomar es que en períodos de contaminación bacterial de salmonella, es mejor evitar los huevos tibios y preferir los duros o en tortilla cocidos al enos por siete minutos.
Yogur
Los potecitos de yogur que contienen trozos de frutas y cereales pueden ser consumidos sin ningún problema, con la condición de que se completen con una fruta fresca, ya que aquellos proveen componentes de poco valor alimenticio. Sin embargo, el yogur aromatizado (ese que huele y sabe a fruta pero no contiene fruta) es más bien desaconsejable ya que contiene mucho azúcar y no aporta más valor que un yogur natural.
En cuanto a los quesos fundidos estos gozan de un éxito enorme y encuentran un lugar especial en la lonchera para llenar el ratico del recreo. No hay inconveniente en dárselos, sin olvidar que estos tipos de queso contienen menos calcio que los duros.
El desayuno: algo nuevo
Durante mucho tiempo hemos dicho que el desayuno debía cubrir, sin lugar a discusión, 25% de las necesidades alimenticias cotidianas de los niños. Esta afirmación nos ha transformado en pedigüeños ansiosos de la fuente del cereal ("anda, sólo una cucharada"). Pues bien, ¡asunto terminado! Los estudios actuales demuestran que un desayuno que cubra de 15 a 20% de los aportes alimenticios del día es más que suficiente para un niño.
El desayuno debe convertirse, por tanto, en un momento de libertad. Generalmente a los niños, a primera hora de la mañana, les cuesta salir a flote y necesitan abrir su apetito con alimentos que les resulten placenteros. Ya se trate de cereales, pan, chocolates derretidos, yogur, queso, o bien compotas de frutas frescas, no habrá ningún problema. Permítele a tu pequeño hacer la selección y confía en él ya que los niños son maestros del control de su alimentación en función de sus necesidades. Si lo ves lanzarse exageradamente sobre los lácteos varios días seguidos, éste es el signo evidente de una necesidad de calcio.

Un niño que no es presionado por sus padres a causa de la comida tendrá un comportamiento sereno (ni rechazo ni ansiedad) frente a los alimentos. Por ejemplo, un delicioso y tradicional pan con mantequilla y mermelada, es perfecto para el desayuno y mejor aún si se come acompañado de un vaso de leche o alguna bebida achocolatada.

¿Y los caramelos?
¿Cómo sería la infancia sin dulces de todas las formas, colores y sabores? No lo prives del placer de saborearlos (salvo contraindicación médica). Sin lugar a dudas hay que darles caramelos a los niños. Los alimentos no sólo tienen una función nutritiva, son también objetos de placer, de intercambio y de agrado. En el caso de los caramelos puedes dejar a tu hijo sumergir la mano en la bolsa sin remordimiento alguno, después de las comidas, sin pasar de tres o cuatro caramelos y sin olvidar el cepillado de los dientes al terminar de comer.

http://www.tupediatra.com/mnyy/alimentacion/mnyy19.htm

A la hora de comer III

CUANDO LOS NIÑOS NO COMEN: GUÍA PARA PADRES
Dr. Julián Lirio Casero(Autor del Libro: Niños...¡A comer!)

La anorexia infantil es un motivo muy frecuente de consulta al pediatra, fuente de graves conflictos familiares y causa de hondas preocupaciones. Para muchos padres, el término anorexia les parecerá de extrema gravedad, probablemente por asociación con la anorexia nerviosa del adolescente, un cuadro clínico radicalmente distinto que aparece en otro momento de la vida (cercano a la pubertad) y con importantes implicaciones psiquiátricas y somáticas. En realidad anorexia, es la palabra con la que designamos técnicamente la falta de apetito. Simple y llanamente.
En la infancia la inapetencia puede responder a enfermedades orgánicas, ya sean agudas (como el caso de un catarro o unas anginas), o crónicas (como la que acompaña a las enfermedades digestivas); pero también puede haber anorexias de causa psicógena, con formas simples y transitorias como las que aparecen tras el destete, el nacimiento de un nuevo hermanito, la entrada en la guardería o la interrupción del contacto con la madre, y formas más complejas como la denominada anorexia esencial de la infancia que puede llegar a afectar a uno de cada 3 niños menores de 8 años. De hecho, una circunstancia puntual como la interrupción de la lactancia materna puede ser el percutor o precipitante que desencadene una anorexia infantil crónica. Podemos decir que un niño sufre este tipo de anorexia esencial cuando existe dificultad persistente para comer adecuadamente (esto es, con incapacidad significativa para aumentar de peso).
Consideramos que el trastorno es persistente cuando nos lo encontramos sistemáticamente todos los días durante, al menos, un mes y siempre que no exista una enfermedad orgánica, un trastorno mental importante o una falta de disponibilidad de alimento que lo justifiquen. El problema suele aparecer antes de los 6 años, aunque puede prolongarse durante más tiempo.Cuando analizamos las causas del estancamiento de peso vinculadas a falta de apetito, nos encontramos que sólo el 20 al 35 % de los niños que no consiguen ganar peso tienen un problema orgánico tangible y más del 50 % tienen dificultades en el entorno familiar, social o psicológico. El resto, son casos en los que no se llega a averiguar la causa nunca, aunque habitualmente mejoran de una forma espontánea e impredecible tras un período más o menos prolongado de tiempo.¿Por qué no comen los niños? Pues puede ocurrir por motivos diversos que pueden ser distintos para cada pequeño. Junto con los condicionantes psicológicos (celos del hermanito...) y las enfermedades orgánicas que ya he mencionado (erupción dental...), se pueden identificar otros factores que influyen sobremanera en la conducta alimentaria de muchos inapetentes, como por ejemplo la personalidad.
Así podemos observar cómo los niños más inteligentes o aquellos “movidos” a los que los médicos llamamos hiperkinéticos tienden a comer poco. En unos y en otros porque el hecho mismo de la comida representa una pérdida de tiempo, un período durante el cual no pueden disfrutar de su insaciable actividad exploradora del medio; bien por su afán de aprendizaje en el primero de los casos; bien por su incapacidad manifiesta para concentrarse en una tarea, siquiera unos minutos, en el segundo supuesto.En ocasiones no hay ningún problema, simplemente su incapacidad para comer todo lo que les ofrecemos tiene que ver con el ritmo de su desarrollo psicomotor, porque del mismo modo que no todos los niños comienzan a caminar o a controlar la orina al mismo tiempo, ciertos muchachos tardan en apreciar la riqueza de matices de una alimentación variada. Algunos niños incluso experimentan, a lo largo de su maduración, un período regresivo en el que disfrutan volviendo a un momento más antiguo de su niñez. De repente hablan como bebés o utilizan nuevamente el chupete y, por supuesto, desean volver al biberón aún después de haber superado la cuchara. Es como si quisieran quedarse enquistados en una fase anterior y profundamente infantil para disfrutar de todos sus privilegios. A esta situación, los psicólogos la llaman “síndrome de Peter Pan” en clara alusión a ese personaje de los cuentos que vivió permanentemente como un niño, sin madurar, sin crecer. También puede ocurrir que un niño rechace algunos alimentos concretos o el mismo hecho de comer por situaciones desagradables vividas con anterioridad. Tal ocurre cuando les hacemos comer bajo presiones o amenazas, convirtiendo un hecho fisiológico (comer) en una lamentable obligación. Desde luego, si castigamos sistemáticamente a un niño para conseguir que se termine un vaso de leche, es harto probable que la acabe aborreciendo para el resto de sus días. En cambio nos maravillamos viendo cómo los niños disfrutan con algunas comidas (casi siempre las mismas para toda la chiquillería), que ya de por sí tienen sabores agradables, y que además ofrecemos en atmósferas gratificantes como bodas, cumpleaños, pizzerías, hamburgueserías o en relación con distintas celebraciones o salidas del ámbito doméstico.Por cierto, debo aclarar que el gusto por los sabores dulces y las sustancias grasas es innato en la especie humana. Si nosotros colocamos una sonda y hacemos llegar hasta el líquido amniótico una sustancia dulce, podemos comprobar por medio de ecografías cómo el feto comenzará a chupar vigorosamente. Justo ocurrirá lo contrario si instilamos una solución salina. Y algo parecido ocurrirá si mojamos nuestro dedo alternativamente con azúcar o sal y lo damos a chupar a un recién nacido. Es decir, venimos “programados” para apreciar las golosinas, probablemente porque el primer alimento que tomamos, la leche materna, es ligeramente dulzón.
La introducción del problema de los sabores me permite hablar ahora del dilema de los omnívoros: la neofobia. Los humanos, como seres omnívoros, debemos hacer una dieta basada en todos los componentes de nuestro entorno: frutas, verduras, tubérculos, carne, pescado, vísceras, leche, huevos, legumbres, etc. Sin embargo, nuestra especie se ha tenido que enfrentar en sucesivas ocasiones a un mismo dilema: por una parte estamos llamados por la naturaleza a probar todos los elementos potencialmente nutritivos que nos ofrece, pero por otra parte sabemos que algunos de esos productos pueden ser tóxicos o letales. Ese es el gran dilema.

¿Cómo lo han resuelto los hombres de las cavernas?
Tomando pequeñas cantidades de esos alimentos nuevos, porque a veces ocurre que una pequeña cantidad de un tóxico puede ser bien aceptada o, al menos, no resultar mortal. Si la experiencia no resultaba contraproducente iban ingiriendo en mayor cantidad y con mayor confianza. Esa pauta que nos ha protegido como especie ha quedado sellada en nuestros genes, por eso los bebés de nuestros días recelan de todos los alimentos que les presentamos tras el destete y se aproximan a ellos con gran precaución o con un rechazo franco (neofobia). Entendiendo ese principio descifraremos porqué la primera vez que les damos un puré lo tocan, juegan con él y finalmente prueban una mínima cantidad (probablemente con el dedo), nunca un plato repleto. Con el tiempo, tras 8-10 contactos, dejará de mostrarse suspicaz y determinará que ese plato pase al cajón subconsciente de las preferencias o de las aversiones.Como decía antes, venimos de fábrica con una apetencia innata para los sabores dulces. Generalmente los platos que más apreciamos son alimentos grasos, y eso viene motivado porque las sustancias que dan sabor y olor a las comidas son solubles en grasas. Al nacer sólo reconocemos los sabores dulces y salados, con el paso del tiempo nos acostumbraremos a los ácidos mientras que detectaremos y, en general, evitaremos por siempre los gustos amargos, quizá también porque los venenos de la naturaleza vienen marcados con esa cualidad.
Por último quiero puntualizar un aspecto muy relevante para el apetito que muchos pasan por alto y es el hecho mismo del crecimiento. No tenemos más que observar una gráfica o curva de peso y talla infantil para comprobar la alta velocidad de desarrollo de los niños en los primeros meses de vida. Cualquiera de nuestros hijos duplica el peso del nacimiento a los 5 meses, lo triplica al año, pero ya no lo cuadriplica hasta los 2 años. Eso significa que los padres van a ser testigos de una llamativa conducta por la que el niño deja de comer aquellos platos rebosantes a los que les tenía acostumbrados a partir de los 12-18 meses, y la explicación resulta simple y evidente: su ritmo de crecimiento se ha ralentizado y no precisa las mismas calorías de antes. Así se mantendrá, más inapetente, hasta que llegue el tirón de crecimiento propio de la pubertad.
Y entre tanto ¿qué ocurre con estos padres? Los padres, especialmente las madres, se manifiestan fracasados y frustrados. Sienten que los niños representan un gran enigma sin soluciones y echan de menos ese manual de instrucciones que acompaña hasta al electrodoméstico más pequeño. Temen que sus hijos vayan a morir de inanición y, sobre todo, se sienten culpables. Sí, los padres nos sentimos responsables incluso de tener un hijo con Síndrome de Down cuando ciertamente no jugamos ningún papel. Sin embargo, el mayor capital es nuestro deseo de alcanzar el éxito aunque ello comporte algunos sonoros fracasos. La solución está en cada padre y en cada madre, y la orienta cada hijo. Primero tenemos que trazar nuestros objetivos. El principal de todos ellos, en materia de alimentación, es que nuestros hijos crezcan adecuadamente. La meta secundaria es hacerlo evitando enfermedades carenciales con una sabia distribución de las comidas por grupos de alimentos, y sólo en tercer lugar perseguiremos que nuestros hijos alcancen una dieta variada, casi sin limitaciones, incluso dentro de cada grupo. Este último punto puede demorarse más años de los que estemos dispuestos a esperar, pero depende del ritmo de cada niño y debemos ser respetuosos con él. Ser condescendientes con determinadas situaciones no implica mantener una relación tiránica dominada por los niños.

¿Cómo solucionaremos la inapetencia de nuestros retoños? Debemos luchar en dos frentes: fomentando el apetito (platos vistosos, vajillas atractivas, comidas encubiertas...) pero sobre todo recuperando el circuito normal de hambre-saciedad en el niño estimulando el ejercicio, imponiendo tiempos cortos a las comidas y dejando parte del control de la alimentación al niño, esto es, permitiéndole que regule la cantidad de comida ya que nosotros gobernamos los otros dos: el intervalo entre las tomas y el tipo de alimento.Como hemos visto hay una viva diferencia entre hambre y apetito. El hambre es un impulso mientras que el apetito es un hábito que vamos modificando. Hambre es lo que sentimos cuando llevamos muchas horas sin alimentarnos, apetito es esa fuerza que nos convida a pedir un suculento postre después de una opulenta comida en nuestro restaurante favorito pese a estar llenos. Muchos de nuestros hijos tienen mal apetito porque no les hemos dejado que sientan nunca hambre. Además el apetito tiene mucho que ver con algunos elementos externos que se han ido repitiendo durante el aprendizaje normal de las costumbres: el babero, la mesa, la servilleta, el rincón de la cocina donde siempre se desayuna. Esos hábitos cotidianos son muy distintos en diferentes lugares. Así en algunas regiones del planeta comer bien es hacerlo de pie en la órbita del fuego del campamento mientras se festeja con una danza, en otras será utilizando unos palillos y reclinados en el suelo. Para nosotros es lograrlo manejando los cubiertos y sentados alrededor de una mesa.

¿Existe alguna fórmula mejor que las demás? Yo pienso que no existe una manera universal, todas son igual de válidas siempre que estén aceptadas por el resto de nuestro entorno. La forma en la que alimentáis a vuestros hijos, aunque sea persiguiéndole por toda la casa, puede ser buena, pero debemos preguntarnos si será bien asumida por la sociedad en la que vivimos y, lo que es más importante, si en algún momento no nos cansaremos de mantener esos malos hábitos adquiridos.

A la hora de comer II

¡A comer se ha dicho!
Fórmulas para lograr que tu niño acepte una dieta balanceada
Muchos niños no reciben la alimentación necesaria. Cuando están chicos la responsabilidad es de los padres para que no crezcan con desórdenes alimenticios que desencadenen en problemas mayores. Los alimentos “tradicionales” (leche, frutas, vegetales y pescado, entre otros) parecen estar perdiendo la batalla contra las “chuchis”(chocolates, chicles y caramelos).¿Cómo puedes hacer para que tus hijos coman de todo?

Equipo Editorial de Mis Niños y YO
En un día cualquiera, toda madre debe hacer las veces de “vendedor estrella” para lograr que el niño acepte la idea de que, además de ser necesarios, no todos los vegetales son feos ni saben mal. Hasta ahí, sólo 50% de la batalla ha sido ganada; todavía falta algo muchísimo más complicado: lograr que abra la boca y se coma el vegetal en cuestión. Es entonces cuando salen a relucir dotes histriónicas de los que nadie nunca tuvo conocimiento e, incluso, hasta alguno que otro truco de magia.
Ante la lucha monótona que se desata en la cocina todos los días, no pocas son las madres que tiran la toalla al tercer asalto y algunas, ni pasan del primero. Pero, sentimientos de culpa devienen: ellas saben que es importante que el niño mantenga una dieta sana, pero el problema estriba en que no saben cómo hacer para llevar la idea a cabo.

El ensayo y error siguen siendo la mejor manera para saber qué funciona mejor en la carrera contra la mala alimentación. ¡Ah! y la perseverancia también. A menos que quieras echar un vistazo a 15 sencillos consejos que te damos para hacer tu tarea más fácil.
1. Organiza un itinerario
Los niños necesitan comer cada tres o cuatro horas: tres comidas, dos meriendas y mucho líquido. Organizar estos eventos te da la oportunidad de seleccionar los alimentos más apropiados para cada ocasión, adelantándote al hambre de tu hijo.
2. Planifica las cenas
Si pensar acerca de un menú semanal te parece demasiado, comienza por dos o tres días a la semana. Una cena buena no tiene por qué ser cara, pero sí balanceada: pan, arroz o pasta; una fruta o vegetal; y una fuente de proteínas como la carne, el queso o los granos.
3. No prepares platos distintos para cada miembro familiar
Muchas madres caen en el error de preparar una cena para ellas y sus esposos y otra para los niños. Mucho mejor es preparar una cena familiar completa teniendo en cuenta los gustos de todos, así como la meta de crear una dieta balanceada que conlleve a una alimentación sana.
4. Muérdete la lengua
Así te cueste mucho, intenta no hacer comentarios acerca de cuánto de cada cosa están comiendo los niños. Sé tan neutral como puedas: recuerda que la mayor parte de tu trabajo está hecha al poner en sus platos una comida balanceada. Dale un poco de crédito a los niños y tal vez te sorprendas un día cuando veas que no ha quedado ni rastro de los alimentos que en un pasado no les gustaban.
5. Introduce nuevas comidas lentamente
Los niños suelen tener fobia a las nuevas comidas. Existen varias maneras de convencer al pequeño para que coma algún alimento nuevo. Puedes intentar decirle que sus papilas gustativas necesitan acostumbrarse a un sabor nuevo antes de que comience a gustarles. Otra opción, sobretodo para los más chicos, es utilizar algún personaje que tu hijo admire haciendo hincapié en que “él” siempre come todo tipo de alimentos.
6. Ensálsalo
Si a tu hijo no le gustan ni un poquito los vegetales, intenta servírselos con salsas. Las opciones son múltiples y lo más seguro es que encuentres alguna que sea de su agrado.
7. Haz que las mañanas cuenten
La mayoría de las familias no consumen suficiente fibra por día. El desayuno es la mejor comida para obtener la fibra que necesita la familia, sobretodo por el tipo de alimentos que se consumen en ese momento –pan, waffles, cereales, etc.
8. Ponle un poco de soya
Incluso si tu hijo no es alérgico a la lactosa, la leche de soya es una gran fuente de fitoquímicos. Es cierto que a la mayoría de los niños no les gustará la leche de soya, pero también lo es que no lo notarán si es parte de una receta sencilla como la avena, el puré de papa y las salsas.
9. Agrégale azúcarUna sencilla fórmula para que tus hijos coman frutas y vegetales es agregarle una pizca de azúcar al alimento en cuestión. El tomate, la parchita o la zanahoria se convierten en experiencias nuevas para el niño por el cambio que produce un poco de azúcar.
10. Involúcralo en la cocinaSi le das la oportunidad de participar en la preparación de la comida, tu hijo se mostrará mucho más interesado en comerse lo que ha creado. Otra buena idea es llevarlo contigo al automercado y permitirle escoger los productos que necesitas.
11. Reduce la “comida chatarra”Las comidas procesadas industrialmente contienen altos niveles de colorante y químicos que no benefician en nada al organismo. Recuerda que eres tú –no tu hijo– quien decide cuáles alimentos ingresan en casa y cuáles no. Si reduces la cantidad de “comida chatarra” que hay en la nevera y gabinetes, logras que tu hijo consuma más frutas, vegetales y granos.
12. Permite una treguaEs necesario que de vez en cuando permitas que el niño coma chucherías: no todo puede ser aburrido en la vida. Es importante que no vea las chucherías como “alimentos prohibidos”: su fascinación por ellas crecerá.
13. DiviértanseMientras más creativa sea la comida, mayor variedad de alimentos comerá tu pequeño. Puedes prepararle panquecas con caras sonrientes y darle nombres graciosos o utilizar moldes de galletas con formas extravagantes para prepararle tortillas de brócoli, por ejemplo. Notarás que tu hijo se siente más dispuesto a comerse todo lo que le pongas en el plato, siempre que tenga formas y nombres inesperados.
14. Un modelo a seguirSi estás constantemente a dieta o tienes malos hábitos alimenticios, lo que le estás diciendo a tu niño es que este tipo de comportamiento es normal. Sé honesta contigo misma acerca del mensaje que le envías a tus hijos.
15. Mantén el equilibrioTen en cuenta que lo que tu niño ingiera “entre comidas”, es importante. Unas cotufas en el cine o un helado en el centro comercial son algunos de los placeres de la vida. Intenta mantener un balance entre las “meriendas” fuera de casa y la comida saludable: tu hijo te lo agradecerá.

www.tupediatra.com/mnyy/alimentacion/mnyy.26htm

A la hora de comer I

PROBLEMAS DE CONDUCTA A LA HORA DE COMER
Dr. Eduardo R. Hernández G.Médico-Pediatra. Psicoterapeuta Conductual Infantil

Es bastante usual escuchar comentarios de madres/padres acerca de los problemas de alimentación que tienen sus hijos. Generalmente, se trata de problemas de conducta que suelen darse a la hora de la comida: niños que comen con excesiva lentitud entreteniéndose con cualquier cosa; niños que se resisten a aprender hábitos de conducta apropiados para su edad y tienen que comer rodeados de juguetes o cualquier otro entretenimiento; niños que se levantan de la mesa, corren, o simplemente se niegan a comer; niños en fin, que toman la comida como un medio para conseguir algo, normalmente "atención".
Ante este tipo de comportamientos, los padres muchas veces se desesperan y temen el momento de la comida, porque llega a convertirse en una verdadera batalla entre padres e hijos de la que generalmente son los niños quienes salen triunfantes.

Un comentario habitual en las consultas de pediatras, psicólogos y terapeutas conductuales infantiles es "lo hemos probado todo" o "ya no sabemos que hacer", y por regla general es así. Efectivamente los padres intentan solucionar estos problemas de muchas formas. Unas veces hacen lo que se les ocurre, otras veces lo que les aconseja algún familiar, amigo o vecino que dice conocer el remedio, sin embargo en la mayoría de los casos sus actuaciones fallan y la conducta que se quería eliminar o modificar se refuerza más aún. Finalmente los padres agotados se ven forzados a utilizar castigos como último recurso.

De esta forma, un comportamiento que pudo ser fácil de modificar en un principio, se convierte en resistente a cualquier intervención, porque se ha consolidado a lo largo del tiempo.
Cuando se habla de problemas alimentarios menores se refiere a: " un conjunto de comportamientos problemáticos, relacionados con la alimentación y que, a diferencia de otras alteraciones mayores como la anorexia, bulimia y obesidad, no suponen un riesgo, en la mayoría de los casos, para la salud del niño".

Los principales problemas alimentarios menores en la infancia son:
*Comportamientos disruptivos durante la comida (que incluye comer de pie, levantándose continuamente, comer solamente sí está jugando, sí un adulto lo mira, le cuenta una historia etc.).
* Hábitos alimentarios inadecuados (se refiere a negarse a utilizar los cubiertos de forma adecuada para comer).
* Negativa a tomar determinados alimentos (por ejemplo los sólidos, los de un color determinado, los redondos etc.).
* Demora o dificultad para tragar, masticar, o succionar.
* Tiempo de comida excesivo.
* Falta de apetito.
* Los vómitos frecuentes.

Principales variables implicadas en estas conductas
* Variables Extrínsecas: las variables más frecuentes implicadas son: el refuerzo social (es la atención que recibe el niño al emitir esta conducta); el refuerzo material (es la obtención de un privilegio o la eliminación de un deber o tarea); el modelamiento (es la observación de otra persona emitiendo esa conducta).
* Variables Intrínsecas: se refieren a aquellas que tienen una relación directa con la comida, como son el olor, el sabor, la consistencia y la inapetencia.
En definitiva los problemas alimentarios menores de la infancia no son graves en sí mismos, pero denotan que algo no está bien en el niño y su relación con la familia y, además, si no se diagnostican a tiempo y se solucionan pueden llegar a tener consecuencias desagradables.

¿Qué hacer?
Primero conservar la calma y solicitar ayuda especializada. Una vez dado este primer paso, el profesional consultado tomará las siguientes medidas:
1- Comprobar que existe un problema.
2- Informar a los padres acerca de este problema.
3- Descartar cualquier causa orgánica.
4- Detectar las conductas problema.
5- Señalar las variables controladoras de la conducta.
6- Iniciar la terapia adecuada al caso.

http://www.tupediatra.com/mnyy/alimentacion/mnyy16.htm