¿ Porqué mi niño no quiere comer?
Dr. Meyer Magarici
Entendiendo el problema:
Este es el motivo más frecuente por el que se consulta a los pediatras. Es poco probable que exista una madre que en algún momento de la crianza de su niño, no se haya preocupado por la cantidad de alimentos que ingiere su niño. La disminución (o pérdida) del apetito les causa angustia, pues piensan que su niño puede desnutrirse o que enfermará por no comer como lo hacía anteriormente, sin embargo, el hecho que un niño no se coma todo el plato no significa que enfermará, ni tampoco que el esfuerzo realizado para prepararlo no le será reconocido algún día. Es posible que simplemente no le guste o que disfrute llevándole la contraria, para luego complacerse con los juegos que la madre inventará para que coma.
Pero antes de obligar a niños "gorditos" o a los "delgados pero sanos" a beber un estimulante del apetito que, aunque no le hará daño, no resolverá el problema, resulta importante conocer los motivos por los cuales los niños disminuyen su apetito o rechazan los alimentos.
Estas causas son básicamente las siguientes:
· No necesitan más alimentos· No les interesan los alimentos· Problemas psicológicos· Enfermedades
1) No necesitan más alimentos:
"Aunque son los padres los que mejor pueden juzgar qué y cuándo deben comer sus niños, los que mejor saben cuánto deben comer son ellos mismos".
a. Proporcionalmente a su peso, los niños demandan más calorías que los adultos para sus actividades diarias y para su crecimiento, pero a medida que crecen requerirán menos calorías. Por ejemplo: un bebé menor de 2 años necesita cerca de 100 calorías por cada kilo de peso por día, en cambio un niño mayor de 7 años solo 75 y un adolescente cerca de 50 calorías por kilo por día. En vista que las medidas de los niños son menores que la de los adultos, la cantidad total de calorías diarias que requieren será mucho menor que la de los adultos. En pocas palabras: necesitan menos calorías que un adulto para movilizar un cuerpecito más pequeño, por lo que las cantidades de alimento que deben consumir serán mucho menores que las de un adulto.
b. Tradicionalmente en muchas culturas, incluyendo la nuestra, se venía considerando que "un niño gordo es un niño sano", concepto que probablemente se origina de la idea: "no estar desnutrido significa salud y defensa contra las enfermedades". Sin embargo, existen muchos niños que son genéticamente delgados y de poco apetito que por otra parte son muy sanos y activos. Sus requerimientos calóricos son constitucionalmente menores que los de otros niños.
c. Los niños que consumen pocas calorías, debido a que realizan pocas actividades, como por ejemplo cuando se mantienen encerrados en casa viendo televisión o jugando videojuegos, tienen escaso apetito pues sus requerimientos también lo son.
d. El estómago de los niños es más pequeño que el de los adultos y por ello las porciones para adultos pueden ser demasiado grandes para ellos.
e. Algunos niños pierden el apetito simplemente porque están sobrealimentados. Reciben enormes cantidades de alimentos que cubren o sobrepasan sus requerimientos nutricionales diarios, por lo que desprecian los otros alimentos que les ofrecen, debido a que es imposible agregar mayores volúmenes a una dieta que ya los tiene de sobra
f. A partir del primer año de edad, ocurre una desaceleración del crecimiento que se acompaña de una disminución fisiológica del apetito.
g. Las comidas fuera del horario acostumbrado, en especial las golosinas o "chucherías" incorporan calorías adicionales que aumentan sus niveles de energía y disminuyen notablemente su apetito. Cuando reciben estos alimentos antes de una de las comidas principales, no ingerirán las cantidades acostumbradas. Esto resulta particularmente cierto en los casos en los que las madres, preocupadas porque sus niños no comen lo que ellas consideran necesario, terminan ofreciéndoles "bocadillos" con la intención de evitar la desnutrición, pero lo que realmente logran es disminuir más aún su apetito.
2) No les interesan los alimentos:
a. Los niños, al igual que muchos adultos, requieren ciertas normas de disciplina y conducta. Los cambios frecuentes en los horarios o lugares donde se alimenta un niño pueden alterar sus costumbres, haciéndolo perder el interés por los alimentos.
b. La mayoría de los niños están más interesados en jugar y explorar que en comer. Para ellos la hora de la comida solo constituye una "perdida de tiempo". Por otra parte, sus lapsos de atención son menores que los de los adultos y están interesados en cosas diferentes. Por esto podemos afirmar que simplemente están interesados en cualquier cosa excepto la comida.
c. Muchos niños presentan "manías en el comer". Solo aceptan el mismo alimento, comida tras comida. Estas manías son causadas por madres que prestan demasiada atención a la alimentación de sus niños. Ante el primer rechazo de su niño por determinado alimento y por temor a no verlo pasar hambre o que se desnutra, corren a prepararle sus comidas preferidas, con lo que solo acentúan su comportamiento: el niño llorará y rechazará cada nuevo alimento, sabiendo que mientras más llore y más se resista a comerlo, más rápidamente le prepararán su plato preferido y mientras más caso se le preste., más insistirá en comer sólo ciertos alimentos.
3) Problemas psicológicos:
a. Los seres humanos comemos para alimentarnos, no para complacer a nuestras madres. Muchas madres necesitan que sus niños engorden con la intención de obtener seguridad, reconocimiento a sus labores, agradecimiento y gratificación. La negativa del niño a comer no significa que rechace a la madre. En estos casos el problema básico es de tipo emocional: la ansiedad de la madre, que se traduce por procedimientos que inventa para lograr que su niño se alimente, tales como: súplicas o amenazas, juegos y distracciones, sobornos, fuerza o violencia, a los que el niño reaccionará con mayor perdida del interés por la comida. Por otra parte, su natural reacción será oponerse a la autoridad materna y buscará recursos para controlar el ambiente familiar, llamando más aún la atención por medio de su aparente pérdida del apetito.
b. Muchos casos de pérdida o disminución del apetito obedecen al recuerdo de eventos desagradables relacionados con el momento de la alimentación. Algunas madres cometen con cierta frecuencia el error de obligar a comer a su niño en el curso de una enfermedad aguda que cursa con pérdida del apetito. Estos eventos desagradables serán recordados por el niño, quien reaccionará con desinterés o rechazo por los alimentos.
c. Las niñeras o sirvientas que en muchos casos deben ocuparse de la alimentación infantil, generalmente son personas de muy bajo nivel intelectual, víctimas de una infancia sufrida, quienes trasladan sus conflictos y frustraciones al niño bajo su cuidado. Estas personas fuerzan la alimentación del niño de acuerdo a los deseos de la patrona, lo que puede originar rechazo a los alimentos, a la niñera e incluso a la madre.
4) Porque están enfermos:
Prácticamente TODAS las enfermedades producen, además de sus síntomas característicos, una verdadera inapetencia o inapetencia de origen orgánico. Determinadas afecciones producen particularmente una marcada pérdida del apetito, como por ejemplo: las infecciones agudas, la anemia por deficiencia de hierro y muchos trastornos renales.
Esta inapetencia puede observarse desde antes que se inicien los síntomas de la enfermedad (período de incubación), durante el período sintomático y puede persistir hasta un tiempo después que los síntomas hayan desaparecido (período de convalecencia).
Tomando en cuenta que en los primeros años de vida los niños se enferman repetitivamente, llegando a veces a sufrir hasta unas 6 infecciones por año, y que los períodos de incubación, sintomático y de convalecencia pueden persistir hasta por unos 20 días, se podrá entender porqué algunos niños se mantienen con poco apetito durante casi todo el año.
El temor a las enfermedades, y a sus posibles complicaciones o secuelas, hace pensar a todas las madres que la pérdida del apetito de su niño se debe siempre a una enfermedad, que amerita consultar al médico y practicar exámenes complementarios, pero lo usual es que la inapetencia sea causada por los factores mencionados anteriormente, por lo que resultaría simplista y hasta peligroso atribuir la inapetencia siempre a alguna enfermedad.
http://www.tupediatra.com/temas/tema152.htm
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jueves, 29 de enero de 2009
A la hora de comer V
Inapetencia: el niño que no quiere comer
La pérdida de apetito en un niño pequeño se vive, muchas veces, como una amenaza para su salud. Cuando un niño está enfermo, es normal que pierda las ganas de comer, sin embargo nos referiremos aquí a la situación en la que la inapetencia es el problema principal, en un niño, por lo demás, sano.
¿Por qué no come un niño?
El acto de comer es una conducta que pretende cubrir tanto necesidades nutricionales como afectivas. Cuando un niño deja de comer, puede estar reflejando algunas dificultades de adaptación en su vida cotidiana. Un niño pequeño no sabe convencernos con sus palabras cuando quiere conseguir algo importante, como lo es para él, nuestra atención. Un buen “argumento” para captar nuestro interés puede ser, simplemente, no comer. Entre los 2 y los 6 años la mayor parte de los niños pasan por más de un episodio de inapetencia que se resuelven de forma espontánea sin originar ningún problema (salvo a sus padres).
Cuando esta situación se plantea, los padres se enfrentan a algunos miedos muy arraigados culturalmente, especialmente si es el primer hijo: “Si no come todo el plato, no se alimenta bien”, “no come todo lo que debe”, ”si no come, se morirá”, “si no fuera por mi insistencia, ya estaría enfermo por no comer”...
Un niño sano al que se le ofrece regularmente una comida adecuada, no se alimenta mal, aunque tome muy poca cantidad e incluso algún día casi no coma nada. Se le debe ofrecer una dieta variada y completa, y según las edades, las raciones serán de mayor o menor tamaño.
¿Cómo podemos valorar si la alimentación es adecuada? Por ejemplo, apuntando lo que come durante una semana; con este registro se puede estimar muy bien la diversidad de la dieta. El mismo sistema se puede emplear cuando queramos ampliar la variedad de su dieta.
Si no come, no sirve de mucho insistir o castigarle, es mejor emplear una actitud más neutra, quitándole importancia al hecho de no comer. De la misma forma, tampoco se le debe premiar el que coma, pues le haríamos entender que cuando come nos hace un favor y estamos favoreciendo la manipulación (el niño premiará a sus padres comiendo y los castigará negándose a abrir la boca, si ellos se lo piden).
Con frecuencia, los padres se extrañan de que su hijo coma bien, incluso alimentos que en su casa no prueba, cuando quien le da de comer no es la persona habitual o cuando lo hace en el comedor de la guardería o el colegio. En realidad, este hecho no refleja más que el problema de relación con la comida que se ha establecido en la familia y que es una cuestión de hábitos que se pueden mejorar.
Hay que tener presente que no es raro que un niño que durante los primeros años fue inapetente, con el paso de los años sea un adolescente obeso.
¿Cómo ayudarle a comer mejor?
Proponga un menú escrito para toda la semana. Este menú, si el niño tiene más de dos años, será el mismo que el resto de la familia. El escribirlo evitará que se hagan cambios para adaptarse más a sus gustos, en el caso de que no quiera comérselo.
Los niños se sienten mejor si se respetan sus rutinas. Les ayuda a centrarse el comer siempre en los mismos lugares. Si una vez come en la cocina, otra en el salón y al día siguiente en casa de la abuela, se distrae mucho.
Para comer es mejor no distraerlo, por eso la televisión no debe ser su compañero habitual en la comida. Si durante ese momento proliferan los juegos, cuentos o disfraces, tenderá a prolongarlo para que dure más la “función”. Nosotros mismos le estaremos apartando del objetivo de ese momento del día, que es comer.
Hay que limitarles el tiempo. Los niños pequeños no suelen tener buenas referencias del tiempo que emplean en hacer algo. Para ayudarles se les puede poner un cronómetro de cocina, de los que se emplean para controlar el tiempo de cocción de los alimentos. Un niño come “sin agobios” en 30 minutos, si se le marca ese tiempo en el reloj de cocina, cuenta con un modo de guiarse. Por supuesto que si necesitan un poco de tiempo más, se debe ser flexible, pero han de contar con la referencia de que existe un tiempo límite para lo que hacen.
Cuando le propongamos un menú, no tiene por qué aceptarlo. Pero si no quiere comer, no le debemos ofrecer un plato alternativo. Si el niño tiene una actitud de rechazo hacia el alimento, el que coma no dependerá de que le ofrezcamos muchos platos distintos, los acabará rechazando todos. Le ofreceremos una sola comida y si no quiere, pues no pasa nada. Se queda sin comer y no se le da otro plato distinto, pero sin dramas ni castigos. A un niño sano no le pasa nada si no le insistimos, ni le reñimos por no comer. Nuestro papel es ofrecerles de comer, no conseguir que coma todo lo que se le pone por delante. Si insistimos mucho, le incentivamos a que no coma (busca estar más tiempo con nosotros, aunque se le riña; la comida o mejor dicho el no comer, se convierte en el medio para captar nuestra atención). Para conseguir que tome un alimento nuevo, haremos lo mismo: sólo se lo ofreceremos, sin una mayor insistencia por nuestra parte. Probablemente las primeras veces lo rechace, pero cuando el plato se repite, si no se le ha forzado antes, suele aceptarlo. Démosle tiempo, pero no otro alimento alternativo. Casi todo el mundo tiene alguna comida que le gusta menos, eso se le debe respetar, pero sin afectar a grupos completos de alimentos (que “no quiero ninguna verdura”). Será mucho mas fácil lograr que tenga una dieta equilibrada si el niño está acostumbrado a ver a los adultos de la casa tomar esos mismos alimentos. Si nunca ve a sus padres tomar verduras pensará, de modo más o menos consciente, que deben tener “algo malo”, porque si no, sus padres las comerían.
No forzar es la clave para conseguir que los niños no vayan a la comida como a una batalla, pero para poder ayudarles es necesario también enseñarles a comer. Esto se consigue en gran parte por imitación y evitando que ellos seleccionen las comidas, eligiendo siempre las mismas. (“Hoy hay lentejas, si quieres las tomas y si no... las dejas” :-)
¿Cuál es el papel de los medicamentos para aumentar las ganas de comer?
Existen un medicamentos conocidos como antihistamínicos que, entre otros efectos, provocan habitualmente un aumento del apetito en quien los toma. Este efecto es temporal y disminuye con el uso y el paso de los días. Estos fármacos, al mismo tiempo que pueden aumentar transitoriamente el apetito, dan lugar casi siempre a somnolencia. Salvo en casos muy concretos, no es muy recomendable su uso. La solución a largo plazo debe centrarse en la reeducación de la conducta de la familia (cambiar los hábitos del niño, los padres ...y abuelos) ante la comida y la aceptación por los padres de la situación, sin considerarla una enfermedad que requiera de tratamiento con jarabes o pastillas. Simplemente su hijo es un inapetente, pero no un enfermo.
¿Cuándo consultar?
Si tiene dudas sobre el estado físico de su hijo o si aprecia síntomas como diarrea, vómitos o un dolor persistente, en relación con su pérdida de apetito. El pediatra de su hijo será quien le ayude a establecer la mejor forma de resolver la situación.
Recomendación final.
Aprendamos a sobrellevar con paciencia el “suplicio” de criar a un niño que no-me-come y veámoslo por el lado positivo: si no gasta en comida y está sano... nos sale más barato :-)
http://www.aepap.org/faqpad/faqpad-nomecome.htm
La pérdida de apetito en un niño pequeño se vive, muchas veces, como una amenaza para su salud. Cuando un niño está enfermo, es normal que pierda las ganas de comer, sin embargo nos referiremos aquí a la situación en la que la inapetencia es el problema principal, en un niño, por lo demás, sano.
¿Por qué no come un niño?
El acto de comer es una conducta que pretende cubrir tanto necesidades nutricionales como afectivas. Cuando un niño deja de comer, puede estar reflejando algunas dificultades de adaptación en su vida cotidiana. Un niño pequeño no sabe convencernos con sus palabras cuando quiere conseguir algo importante, como lo es para él, nuestra atención. Un buen “argumento” para captar nuestro interés puede ser, simplemente, no comer. Entre los 2 y los 6 años la mayor parte de los niños pasan por más de un episodio de inapetencia que se resuelven de forma espontánea sin originar ningún problema (salvo a sus padres).
Cuando esta situación se plantea, los padres se enfrentan a algunos miedos muy arraigados culturalmente, especialmente si es el primer hijo: “Si no come todo el plato, no se alimenta bien”, “no come todo lo que debe”, ”si no come, se morirá”, “si no fuera por mi insistencia, ya estaría enfermo por no comer”...
Un niño sano al que se le ofrece regularmente una comida adecuada, no se alimenta mal, aunque tome muy poca cantidad e incluso algún día casi no coma nada. Se le debe ofrecer una dieta variada y completa, y según las edades, las raciones serán de mayor o menor tamaño.
¿Cómo podemos valorar si la alimentación es adecuada? Por ejemplo, apuntando lo que come durante una semana; con este registro se puede estimar muy bien la diversidad de la dieta. El mismo sistema se puede emplear cuando queramos ampliar la variedad de su dieta.
Si no come, no sirve de mucho insistir o castigarle, es mejor emplear una actitud más neutra, quitándole importancia al hecho de no comer. De la misma forma, tampoco se le debe premiar el que coma, pues le haríamos entender que cuando come nos hace un favor y estamos favoreciendo la manipulación (el niño premiará a sus padres comiendo y los castigará negándose a abrir la boca, si ellos se lo piden).
Con frecuencia, los padres se extrañan de que su hijo coma bien, incluso alimentos que en su casa no prueba, cuando quien le da de comer no es la persona habitual o cuando lo hace en el comedor de la guardería o el colegio. En realidad, este hecho no refleja más que el problema de relación con la comida que se ha establecido en la familia y que es una cuestión de hábitos que se pueden mejorar.
Hay que tener presente que no es raro que un niño que durante los primeros años fue inapetente, con el paso de los años sea un adolescente obeso.
¿Cómo ayudarle a comer mejor?
Proponga un menú escrito para toda la semana. Este menú, si el niño tiene más de dos años, será el mismo que el resto de la familia. El escribirlo evitará que se hagan cambios para adaptarse más a sus gustos, en el caso de que no quiera comérselo.
Los niños se sienten mejor si se respetan sus rutinas. Les ayuda a centrarse el comer siempre en los mismos lugares. Si una vez come en la cocina, otra en el salón y al día siguiente en casa de la abuela, se distrae mucho.
Para comer es mejor no distraerlo, por eso la televisión no debe ser su compañero habitual en la comida. Si durante ese momento proliferan los juegos, cuentos o disfraces, tenderá a prolongarlo para que dure más la “función”. Nosotros mismos le estaremos apartando del objetivo de ese momento del día, que es comer.
Hay que limitarles el tiempo. Los niños pequeños no suelen tener buenas referencias del tiempo que emplean en hacer algo. Para ayudarles se les puede poner un cronómetro de cocina, de los que se emplean para controlar el tiempo de cocción de los alimentos. Un niño come “sin agobios” en 30 minutos, si se le marca ese tiempo en el reloj de cocina, cuenta con un modo de guiarse. Por supuesto que si necesitan un poco de tiempo más, se debe ser flexible, pero han de contar con la referencia de que existe un tiempo límite para lo que hacen.
Cuando le propongamos un menú, no tiene por qué aceptarlo. Pero si no quiere comer, no le debemos ofrecer un plato alternativo. Si el niño tiene una actitud de rechazo hacia el alimento, el que coma no dependerá de que le ofrezcamos muchos platos distintos, los acabará rechazando todos. Le ofreceremos una sola comida y si no quiere, pues no pasa nada. Se queda sin comer y no se le da otro plato distinto, pero sin dramas ni castigos. A un niño sano no le pasa nada si no le insistimos, ni le reñimos por no comer. Nuestro papel es ofrecerles de comer, no conseguir que coma todo lo que se le pone por delante. Si insistimos mucho, le incentivamos a que no coma (busca estar más tiempo con nosotros, aunque se le riña; la comida o mejor dicho el no comer, se convierte en el medio para captar nuestra atención). Para conseguir que tome un alimento nuevo, haremos lo mismo: sólo se lo ofreceremos, sin una mayor insistencia por nuestra parte. Probablemente las primeras veces lo rechace, pero cuando el plato se repite, si no se le ha forzado antes, suele aceptarlo. Démosle tiempo, pero no otro alimento alternativo. Casi todo el mundo tiene alguna comida que le gusta menos, eso se le debe respetar, pero sin afectar a grupos completos de alimentos (que “no quiero ninguna verdura”). Será mucho mas fácil lograr que tenga una dieta equilibrada si el niño está acostumbrado a ver a los adultos de la casa tomar esos mismos alimentos. Si nunca ve a sus padres tomar verduras pensará, de modo más o menos consciente, que deben tener “algo malo”, porque si no, sus padres las comerían.
No forzar es la clave para conseguir que los niños no vayan a la comida como a una batalla, pero para poder ayudarles es necesario también enseñarles a comer. Esto se consigue en gran parte por imitación y evitando que ellos seleccionen las comidas, eligiendo siempre las mismas. (“Hoy hay lentejas, si quieres las tomas y si no... las dejas” :-)
¿Cuál es el papel de los medicamentos para aumentar las ganas de comer?
Existen un medicamentos conocidos como antihistamínicos que, entre otros efectos, provocan habitualmente un aumento del apetito en quien los toma. Este efecto es temporal y disminuye con el uso y el paso de los días. Estos fármacos, al mismo tiempo que pueden aumentar transitoriamente el apetito, dan lugar casi siempre a somnolencia. Salvo en casos muy concretos, no es muy recomendable su uso. La solución a largo plazo debe centrarse en la reeducación de la conducta de la familia (cambiar los hábitos del niño, los padres ...y abuelos) ante la comida y la aceptación por los padres de la situación, sin considerarla una enfermedad que requiera de tratamiento con jarabes o pastillas. Simplemente su hijo es un inapetente, pero no un enfermo.
¿Cuándo consultar?
Si tiene dudas sobre el estado físico de su hijo o si aprecia síntomas como diarrea, vómitos o un dolor persistente, en relación con su pérdida de apetito. El pediatra de su hijo será quien le ayude a establecer la mejor forma de resolver la situación.
Recomendación final.
Aprendamos a sobrellevar con paciencia el “suplicio” de criar a un niño que no-me-come y veámoslo por el lado positivo: si no gasta en comida y está sano... nos sale más barato :-)
http://www.aepap.org/faqpad/faqpad-nomecome.htm
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